Mis abuelos: parte 1 de 4
Enrique
Nunca me dí cuenta cuán importantes fueron mis abuelos para mi, hasta que los perdí a todos. A uno de plano, jamás pude conocerlo. Mi abuelo materno, Enrique, murió allá por los ochentas, solo lo conocí
en fotos. Jamás olvidaré aquel viejo cuadro en donde aparece junto a un carrito
de helados.
El hombre era humilde, sencillo, trabajador, con algo de temperamento
y un gusto por los cigarrillos que le ocasionaría un cáncer de pulmón fulminante. Con el tiempo supe que dejó un montón de hijos allá en
Veracruz, de donde creíamos que era originario, pero parece que siempre fue de
Jalisco. Todos sus hijos (los de aquí y los de allá) lo quisieron mucho y parece
que él les correspondía, o al menos eso es lo que deduzco de las anécdotas que
he escuchado.
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| La icónica foto de mi abuelo Enrique y el carrito de paletas. |
No hace mucho, cuando un medio hermano de mi mamá estaba en su lecho
de muerte, lograron contactar a la familia a través del número telefónico del
servicio de taxy del pueblo. Es una suerte que siga siendo un pueblo
chico, donde la gente se conoce. Gracias a eso, unos meses después, una media hermana de mi mamá, mi tía Margarita, se dejó venir desde Monterrey en compañía de una hija desde Monterrey. Nadie se esperaba esto, ya que la tía estaba por aquellos lares visitando a uno de sus familiares. Ella tenía la ilusión de conocer a su media familia, mi
mamá estaba feliz (siempre quiso tener una hermana, imagino que fue difícil
crecer con puros hombres). La tía llegó al aeropuerto, la recibimos mi esposo y yo
y la llevamos al pueblo en una tarde lluviosa. Conoció a sus hermanos y quiso visitar la última casa
donde vivió y murió mi abuelo. Sobra demás decir que esa humilde casa de adobe y teja nos trajo una serie de recuerdos a todos, la tía se puso algo rara, supongo que ella imaginaba que su padre había tenido una vida con mayores comodidades, pero no fue así. Pasó por muchos trabajos, recuerdo que alguien dijo que trabajó en varias fábricas del pueblo, cuando era próspero. Según entiendo fue empleado de una cigarrera y la fábrica de jabón, más no me crean. Pero eso no fue suficiente para mantener una familia grande de 6 hijos y una esposa a la que no dejaba trabajar mucho, posiblemente a causa de los celos.
También fuimos al panteón a visitar su modesta tumba
en la que aún se encuentra la cruz de metal que le obsequiaron sus hijos
de Veracruz cuando él falleció. Fue un momento breve pero significativo. La familia
estaba reunida alrededor del sitio donde reposan los restos y la memoria del pilar
de tres familias unidas por apellido y sangre, aquel por quien existían todos los presentes, incluida mi
mamá. Extrañamente, los genes del abuelo son dominantes. Al igual que mi mamá, tengo
muchas de sus características, entre ellas la tez clara y lo güeruza. Fue interesante
participar en el rezo del rosario (abreviado por petición de mamá y el calor y solazo del mediodía): mi tío Martín lo hacía con devoción, mi tío
Chilo respondía igual. Pancho y Juan (quien también ya descansa en paz), al
igual que mi mamá lo hacían más tranquilos. Era una de las pocas veces que pude
ver a todos mis tíos reunidos, aunque hizo falta mi tío Chemita, quien por andar
en la jarra, se perdió de ese momento.
Después del panteón regresamos a casa y abundaron
las pláticas sobre el abuelo. No está de más mencionar un evento supuestamente
paranormal que involucró un rayo de luz (de una fuente no identificada) que iluminó la foto de don Enrique mientras nosotros estábamos
rezando (mi papá y sus cosas raras). Pero eso sí, se les puso chinita la piel a algunos. Yo me puse a cotorrear con mi tío Chilo, con quien recordábamos momentos previos en el panteón a la hora de las letanías y mientras yo las mencionaba a manera de broma, él enérgicamente decía ¡Ruega por él! Mi tío Chilo es genial, quisiera imaginar que el abuelo era así de dulce y amoroso como él.
Jamás aprendí tanto del abuelo como en ese día (lo bueno y lo malo).
Antes de eso, solo sabía su nombre (heredado por uno de mis primos más queridos) y que era muchos años mayor que su última esposa, mi abuelita Francisca a quien le decíamos Pachita de cariño. Es una lástima no haberlo conocido. Me
hubiera gustado oír sus historias sobre Motzorongo, Veracruz, uno de los
pueblos donde vivió. Casualmente yo lo conocía solo por la referencia de una especie de pez
endémico a esa región que ahora está extinto a consecuencia de los ingenios
azucareros. Ingenios en donde él trabajó y en donde tuvo altercados serios con otras personas, que pusieron en riesgo su vida y por lo que se vio forzado a partir y abandonar a sus seres queridos (que por cierto, jamás olvidó). Hubiera sido interesante preguntarle cómo conoció a mi abuela Pachita y como la enamoró. Saber por qué decidieron vivir en Mascota. Supongo que
también se lo pude preguntar a ella, pero ya es muy tarde, también se ha
ido. Pero al menos si pude conocerla y esa historia la contaré en otra ocasión.
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| Mi abuelita Pachita y mi abuelo Enrique. Foto ampliada de un retrato postmortem que tomaron cuando murió un tío bebé. |


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